martes, 26 de septiembre de 2017

El bebé humano es un ser absolutamente dependiente al nacer. La evolución ha condicionado que dado que somos la especie con mayor desarrollo cerebral y que además caminamos de forma erguida, "tengamos que nacer" cuando aún somos inmaduros y totalmente dependientes. El apego es el lazo afectivo que se forma entre el niño y un número reducido de personas cercanas que le impulsa a buscar la proximidad y el contacto con ellas a lo largo del tiempo." 
(Jhon Bowlby. Teoría del Apego)

sábado, 2 de septiembre de 2017

."Desde nuestra concepción ya somos seres humanos conscientes y sensibles a nuestro entorno y todo lo que sucede irá moldeando nuestra particular y única manera de ser. Las circunstancias en las que somos concebidos, gestados, paridos, nutridos y criados forman los patrones básicos de nuestro comportamiento, nuestras creencias implícitas y guión de vida inconsciente; por lo tanto, van a ser el filtro más fundamental desde donde vamos a percibir e interactuar con el mundo." Lídia Estany Estany
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viernes, 23 de diciembre de 2016

“La Importancia de la Madre Interna, El Duelo por lo Imperfecto, el Encuentro con lo Incondicional.”

Si pensamos en nuestro desarrollo personal, la relación con nuestra madre sirve como patrón para la relación con nosotras mismas.

Como hijas, absorbimos de nuestra madre información sobre lo que sentía hacía ella misma, lo que sentía hacia nosotras, y lo que sentía hacia el mundo.

Aprendimos a tratarnos de la misma manera que nuestra madre se trató a ella misma.

Nuestra tarea como mujeres conscientes radica en transformar la madre interna dentro de nuestra psique creada a partir de nuestra madre biológica con sus limitaciones humanas en la madre que siempre necesitábamos y queríamos.

Podemos convertirnos en la madre que siempre queríamos –hacia nosotras mismas.

De esta manera, somos capaces de aceptar las limitaciones de nuestra madre externa, porque nuestra madre interna se convierte en la madre primaria con la que podemos contar, de formas en que quizás nunca hemos podido contar con nuestra madre externa.

Nuestra madre solo podía amarnos de la manera que podía amarse a ella misma.

En un momento dado, debemos enfrentar el hecho de que nuestra madre no pudo y no va a poder satisfacer nuestras necesidades de la manera que necesitábamos y queríamos. Esto significa pasar por un proceso de duelo. Un duelo por la forma en que tuvimos de compensar y sufrir la herida materna.

En el proceso de duelo, tenemos la oportunidad de darnos cuenta del hecho de que si nos sentimos amadas o abandonadas no fue por nuestra culpa. Sólo entonces podemos abandonar la lucha para demostrar nuestra valía en el mundo. En el proceso de duelo, también podemos tener compasión por nuestra madre y la carga que llevaba.

Al sanar tu madre interna, transformas tu vida más allá de lo que puedas imaginar.

Al confrontar este dolor, podemos darnos cuenta de que lo que pensábamos que era nuestro dolor es en realidad parte del dolor de nuestra madre que nosotras hemos llevado por amor. Ahora podemos elegir dejar esta carga. De esta manera, en lugar de atenuar nuestro sentimiento de culpa, podremos sentir la confianza en nuestros cuerpos y en nuestros corazones para así desarrollar un sentido de auténtica plenitud y amor propio.

Al convertirnos en la madre "suficientemente buena" para nosotras mismas, nos liberamos no sólo a nosotras mismas, sino también a todos aquellos que conforman nuestra vida.

Es un reto reconocer ante nosotras de que manera no fuimos amadas en nuestra relación con nuestra madre. Al recordar y ver lo cargada y abrumada que estaba pudimos pensar que éramos la fuente de su dolor. Esta "hija culpable" puede mantenernos estancadas. Una forma de liberar nuestra culpa es reconociendo la inocencia y legitimidad de nuestras necesidades infantiles. Es una forma de liberarnos de la vergüenza y bautizarnos a nosotras mismas en nuestra bondad y divinidad.

Una vez hemos atravesado el duelo por nosotras mismas, entonces podemos comenzar el duelo por nuestras madres y por todas las mujeres.

El duelo nos repone y nos fortalece.

Como mujeres, podemos sanar y darnos lo que nuestras madres no nos podían dar. Podemos convertirnos en nuestra propia fuente. El “dolor corporal” del colectivo femenino es sanado una a una. Y a medida que el dolor corporal femenino se cura, lo mismo ocurre con el dolor de la comunidad humana. Nuestra propia sanación no es sólo un regalo para nosotras mismas, también lo es para el mundo.

La herida de la madre es una gran oportunidad.

Conforme nos permitimos contactar con lo que se siente como un hambre antigua, inagotable para una madre inagotable, nos damos a luz a nosotras mismas en nuestra verdadera identidad – la matriz de luz- una fuente inagotable, desbordante de amor y abundancia que no depende de las circunstancias o condiciones. Entonces podemos vivir al servicio de lo que realmente somos- el amor mismo.
Bethany Webster


martes, 4 de octubre de 2016

 
Saludos para vosotros educadores, políticos y padres.

Es tiempo para dejar atrás el paradigma “sabemos lo que necesitan nuestros hijos para

crecer” y volver a la humildad. Incluso, para atreverse a hacernos esta pregunta:
¿Quiénes son los verdaderos educadores: los padres, los maestros y adultos o los

niños, jóvenes e hijos?

Pienso que nuestros hijos son las semillas de nuestra evolución como padres y como

educadores. Nos enseñan en cada momento, especialmente a los padres, dónde están

nuestros límites, en qué circunstancias nos cuesta amar y cuánto nos cuesta confiar. Y

todo esto, nada más nacer.

Curiosamente he encontrado en la biblioteca de mi pueblo un libro en francés de los
años noventas titulado: “El manual para los niños que tienen padres difíciles”. Tiene


una introducción bastante interesante de Françoise Dolto, una gran psiquíatra pionera en

la psicología infantil. Todo el libro está escrito en una perspectiva inversa a la habitual:

habla del role de los niños y de cómo éstos, tienen que apoyarnos a los adultos a crecer

emocional, mental y, sobre todo, afectivamente. Resulta bastante curiosa esta inversión

de roles. Habla, por ejemplo, del niño que tiene que disfrazarse de “tonto” para que su

padre pueda aprender a soltar las expectativas exigentes de que su hijo seguirá la carrera

de médico como las generaciones anteriores.
Nuestros hijos nos muestran dónde no amamos, nuestros puntos débiles, nos


muestran mejor que nadie los patrones que nos enferman y la inconsistencia que

tenemos en nuestra vida entre lo que hacemos y lo que creemos. Nuestros hijos son

nuestros maestros así como también nosotros lo somos para ellos. Si nos sacan de quicio

en algún momento es para que podamos ver la herida que tenemos, para que podamos

ver ese juicio que nos impide extender el amor que fluye en nosotros mismos. También,

para invitarnos a amarnos tal como somos, quitando máscaras, soltando la perfección y

aprendiendo la compasión

Cuando observé y apliqué todo esto en la relación con mi hijo pequeño me di cuenta de

que él me mostraba con su comportamiento algunas facetas del ser humano que me

costaba soportar y en donde existían muchos juicios. Yo que había sido de pequeña una

“niña modelo”, veía delante de mis ojos a mi hijo que, a menudo, no se ponía bien a la

mesa, que hablaba de una forma “inadecuada”, o que hacía el cómico-interesante hasta

responder con desprecio a nuestros intentos educativos. Me imaginé la situación desde

donde mi hijo estaría actuando estos papeles de comportamiento que yo no soportaba y

me di cuenta que se me ofrecía, a través de él, la oportunidad de aprender a amar sin

juicios. Quiero aclarar que amar no significa aceptar todo lo que el otro hace, pero poner

los límites desde la tranquilidad es muy diferente a hacerlo desde la rabia y la

impotencia que nos surge cuando nuestros hijos aprietan el botón de lo “intolerable”.

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El libro también evoca el gran momento de la graduación de los padres, que puede


tardar hasta 20 ó 30 años… ¡Qué paciencia! Esta graduación sería el resultado de
alcanzar dos resultados. De un lado, el adulto ha llegado a amar y apreciarse a si

mismo y a su familia sin ninguna expectativa, de forma incondicional. Del otro lado, el

adulto retoma su vida independiente a la de sus hijos. En resumen, se independiza de


sus hijos. ¿Curioso como concepto, no? Y, sin embargo, a cuántos de nosotros nos gira

la vida alrededor de la de nuestros hijos. En mucho casos, por muchos más años de lo

necesario.

Un niño no podrá estar libre ni a los 3 ni a los 30 años si sus padres les hacen pasar ante

ellos mismos. En muchos casos, los niños sienten esa responsabilidad y se cargan con la

necesidad de hacer felices a sus padres. A mi me gusta utilizar la imagen de lo que nos

dicen en los aviones antes de despegar: si fuera necesario ponerse la máscara de

oxigeno, primero te lo pones tu, el adulto, y luego se la pones al niño.
Nuestros hijos nos imitan, aprenden a través de nuestra forma de vivir y de

relacionarnos. Creo que el mejor regalo que les podemos dar, es seguir nuestros


propios sueños, ser nosotros mismos el centro de nuestra propia vida. Así ellos podrán

ser el centro de su propia vida, sin culpa y con total expansión.

A nivel de nuestro sistema educativo es cierto que el paradigma tradicional de “escucha,

estudia, obedece” está obsoleto. Para sobrevivir, crecer y ser feliz en nuestra sociedad,

necesitamos educar a los niños para que sean creativos, emprendedores, asertivos y

conscientes de sus talentos y enseñarles cómo explotar dichos talentos. En esta visión,
es importante que el sistema de enseñanza apoye a cada niño a potenciar sus dones

y a compartirlos en este mundo. Esta labor la podremos realizar cuando nosotros


como adultos podamos realmente estar tranquilos y sentirnos seguros con los patrones y

las diferencias que nos muestran las nuevas generaciones y cuando aprietan nuestros

botones de “intolerancia o de rigidez”. Mientras defendemos lo nuestro como lo mejor,

poco podremos avanzar y crear un mundo diferente.

Necesitamos corazones y espíritu de guerreros de luz para crear un mundo nuevo,

dejando de lado nuestras “limitaciones personales”. Ha llegado el tiempo de ir más allá

de lo que hemos conocido hasta ahora y, además, de caminar juntos como nunca.
Véronique Batter

Reflexión de una madre.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

..."Cuando un hijo te mira aparece todo un universo donde no es necesario ni siquiera verbalizar. Las almas peregrinan juntas." (Gabriela Arias Uriburu)