sábado, 12 de marzo de 2011

Mas caricias…

“Ser cargados, acunados, acariciados, tocados, masajeados, cada una de esas cosas es alimento para los niños pequeños, tan indispensable, sino más que vitaminas, sales minerales y proteínas.
Si se lo priva de todo eso, y del olor y de la voz que tan bien conoce el niño, aunque esté harto de leche, se dejará morir de hambre.”

F. Leboyer (médico francés responsable de crear la conciencia en las salas de maternidad implementando el parto sin violencia)

El Instituto de Investigación del Tacto, Touch Reserch Institute, demostró que con sólo acariciar (masajes) tres veces al día durante diez días a un bebé prematuro en incubadora, aumentaba de peso un 47% más rápidamente. Los estudios llevados a cabo en el Instituto, han demostrado que la caricia es una necesidad básica tan importante como los alimentos, la ropa y la protección de la intemperie. El masaje produce vasodilatación, aumento del transporte de oxígeno a los tejidos, eleva el nivel de endorfinas, sustancia eficaz contra el dolor y el estrés y refuerza el sistema inmunológico sólo por nombrar algunos efectos.
Recordemos que la vida comienza en la panza de mamá.
Allí el bebé se mueve, percibe la luz, escucha el mundo, sueña, juega con su cordón umbilical, toca las paredes de su primer mundo, pareciera que las explora, echa burbujas por la nariz y la boca. Gira la cabeza hacia la persona que lo llama. Percibe mejor la voz grave que la aguda. A la escucha de una fuente sonora musical, se acerca a ella si es clásica y serena, y se retira si es estridente y desapacible como el rock. Flota, casi no siente la ley de gravedad. Escucha la voz de mamá todo el tiempo, sus latidos, su respiración constante, a modo de arrullo. Está comunicado con ella permanentemente. Todo es sonido y movimiento.

...Y cuando nace, solo, en su cuna: se detuvo el mundo.

Ya no se mueve.

La gravedad lo tira hacia abajo.

La panza ya no está, ya no lo contiene, hay el vacío.

Y desde dentro... algo duele: el hambre.

Y desde fuera, algo llega: la leche, la caricia.

El hambre. La espera. La caricia, La leche...

Se inaugura el tiempo.

El dentro. El fuera...

y entremedio,

el espacio.

El mundo partido en dos.
Mamá y bebé junto a papá, tejerán juntos una trama de comunicación durante el primer año de vida, creando una suerte de malla que hará de filtro, sobre la que el niño, en los años siguientes, irá bordando las sucesivas vivencia y significados.
Un ambiente rico en estímulos, y organizado especialmente durante las edades tempranas, facilitará la comunicación en correspondencia con el mundo; favorecerá el crecimiento anatómico y funcional del cerebro (que está inmaduro); es garantía para la complejización de los enlaces neuronales y para el desarrollo integral como persona, y para el despliegue de lo que se conoce como desarrollo de las inteligencias múltiples
Así, desde la gestación, y en un arduo viaje hacia sí mismo y hacia el mundo, durante los tres primeros años de vida, deberá construir su identidad, ordenarla, enriquecerla, resolver problemáticas planteadas a lo largo de la constitución de los tres primeros y primordiales vínculos que se van entrelazando: 1) de amparo (se genera la confianza básica para la vida), 2) de identidad (aprende a diferenciarse a sí mismo de los otros) y 3) de orden (aprehende las normas fundamentales), en donde quedará plasmado un estilo, un modo de ser, y habitar por fin una segunda morada que le seguirá aportando esa seguridad que necesitamos para vivir: el amor (de mamá, papá, y los otros) para ingresar así al mundo de lo social, el jardín de infantes, la escuela, etc. y alcanzar la alegría, la paz, la plena realización, o mejor dicho autorrealización.

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